A pesar de toda la evidencia científica y los alarmantes números que arroja la pandemia cada día, hay personas que “tienen sus dudas”. Este es el caso de Martín Jiménez, quien sigue creyendo que ponerse cubrebocas es de tibios y “borregos” que creen todo lo que les digan.
Quisiera tener la libertad de usar lo que quiera y sentirme seguro, ¿es eso mucho pedir?»
Martín Jiménez
“Quisiera tener la libertad de usar lo que quiera y sentirme seguro, ¿eso es mucho pedir?”, exclamó un emocionado Jiménez al preguntarle la razón por la cual sigue caminando por las calles sin usar ninguna protección. Agregó que la campaña de miedo y polarización solo están contribuyendo al fortalecimiento del nuevo orden mundial y que un cubrebocas de cinco pesos no haría la diferencia.
El equipo de investigación de Señora Editora entrevistó al valiente individuo para atestiguar el sufrimiento de un señor que solo quiere sentirse a salvo.
Como todos los domingos, Martín salió de su casa usando ropa deportiva a las 9 de la mañana. Traía una sonrisa en su rostro y un cubrebocas desechable, viejo y usado en su bolsillo. “Imagínate qué triste que tenga que llevar esta cochinada para que los negocios me atiendan, ¿es un atropello contra mis derechos? Lo es, pero no voy a permitir que eso me frene, uno tiene que seguir viviendo, ¿no? Traigo esto (el cubrebocas viejo) nomás para hacer la finta, ¿quién es el imbécil ahora?”, preguntó (nuestra reportera supuso que era una pregunta retórica y se abstuvo de contestar).
Después de un trayecto de unos cuarenta minutos en Metrobús, en los que Martín no se puso el cubrebocas, descendimos del transporte orgulloso de su hazaña. “¡Ponte el chingado cubrebocas, animal!”, le gritó un transeúnte a Martín en cuanto pusimos pie en la vía pública. Él suspiró, volteó a verlo y no hizo nada más que sonreírle. “No podría llamarme un santo, no. Pero ya me acostumbré a que me digan cosas en la calle y a que opinen sobre lo que traigo puesto. Me indigna, pero tengo que salir adelante”, nos comentó un luchón Jiménez.
Al llegar a Viveros Coyoacán, Martín se recargó en un árbol y comenzó a prepararse para correr y entonces nos abrió su corazón.
Podemos ir a la Luna, podemos ir a Marte, ¿en serio crees que no podemos sobrevivir sin esto?»
Martín Jiménez
“Yo quisiera hacer más por mi país y por el mundo, pero hay demasiada gente que se deja llevar por la corriente. Lo que traiga puesto no tiene por qué definirme, soy un individuo y como tal yo tengo que poder decidir si me pongo este chunche o no. Y lo más importante: lo que traiga puesto no debería determinar si vivo o no. Podemos ir a la Luna, podemos ir a Marte, ¿en serio crees que no podemos sobrevivir sin esto?” (de nuevo, nuestra colaboradora se abstuvo de hacer comentarios).
Dramáticamente, Martín sacó su cubrebocas viejo del bolsillo, lo tiró al piso y lo pateó con fuerza. Entonces sacó una botella de vidrio de su chamarra, la destapó y le dio un trago para después acercársela a nuestra reportera diciéndole: “Ándale, es dióxido de cloro, un trago de esto y estás salvada. O qué, ¿te da frío?”.
Nuestra reportera estuvo a punto de beber el elíxir mágico, convencida por el discurso de Jiménez. Después se acordó de que esto no era una investigación para Vice y, por salud, decidió rechazar la bebida y dar la entrevista por terminada.
