Entre las cosas que nos dejó la pandemia hay una creciente tendencia de las personas por compartir conocimientos, sabiduría y muchas opiniones a través de las redes sociales. Hacer transmisiones en vivo o live streamings se ha convertido en una actividad que nos acerca como humanidad al establecer conversaciones con nuestras audiencias sin ningún tipo de obstáculo.
Todo esto sonaba maravilloso en abril de 2020, pero hoy Daniela Sánchez Tapia no piensa lo mismo.
Antes de la pandemia, Daniela, como muchas otras de nosotras, tenía una vida social activa. Comidas, reuniones, karaoke, terracitas, ya saben. Pero también, como todas nosotras, Daniela se cansaba. Así que cuando ya tenía demasiadas actividades en la agenda, Daniela podía usar cualquier excusa que involucrara un problema de logística: tráfico, llanta ponchada, Uber perdido, en fin, la ciudad ofrece las mejores excusas para todo tipo de presupuesto.
Ese era el modus operandi de Sánchez Tapia: inventar excusas para cancelar su asistencia a eventos. Pero los live streamings llegaron para arruinarle la existencia, ¿cómo se supone que una se zafa del evento que puede ver desde la comodidad de su hogar?
Según narra Daniela, la mayoría de sus conocidos, familiares y amigos empezaron a hacer lives durante la pandemia, pero eventualmente se cansaron. Todos menos su amiga Selene (cambiamos su nombre para evitar herir sensibilidades).
Al principio fue divertido, me daba gusto seguir viéndola como si nada hubiera cambiado, pero después del sexto live de ella aprendiendo a tocar la marimba supe que algo andaba mal”.
Daniela Sánchez Tapia,
a punto de darse cuenta.
No conforme con comprometerla a asistir a sus eventos en vivo, nos cuenta Sánchez Tapia, su amiga la hacía participar con comentarios y reacciones. Así que cuando se sintió acorralada, tuvo que inventar nuevas excusas: se me fue el internet y no tengo datos, el doctor me prohibió ver tanto tiempo la pantalla, incluso le dijo a Selene que sus tímpanos tenían una reacción alérgica al sonido de la marimba. A lo que ella sin ningún tapujo le contestó:
No te preocupes, el live se guardó. Lo ves cuando puedas y te sientas mejor. Acuérdate, va a haber examen”.
Selene,
amante de hacer transmisiones en vivo.
Sánchez Tapia se dio cuenta que este comportamiento obsesivo no iba a detenerse, iba a aumentar. ¿Por qué? Porque Selene sabía que Daniela no tenía otra cosa que hacer, que no tenía novio, perro ni plantas, usó eso a su favor y la ató para siempre a un contrato no escrito de amistad que ahora dejaba a Daniela con una sola salida posible: Cambiar de identidad.
Al día de hoy Daniela vive en una pequeña población de Bélgica y está completamente fuera de redes sociales. Por razones de seguridad, todos los datos en esta nota fueron cambiados. Aún así, todas en la redacción de Señora Editora recibimos una solicitud de amistad que llamó nuestra atención: Selene.
