Una carta de amor, gratitud y despedida a un puesto que pudo haber sido “the one”.
Todas sabemos lo difícil que es encontrar tu taquería de confianza, esa en donde ya sabes qué pedir y en donde el taquero ya sabe lo que necesitas. No lo que quieres, sino lo que necesitas. Eso es un vínculo afectivo de alto calibre. Aunque a veces te quieras poner audaz y experimentes con otra salsa o incluso con el taco de tripa que sabes que vas a odiar, pero que es tanta la confianza que le tienes al establecimiento que estás dispuesta a explorar, a dejarte caer en sus brazos de manteca quemada y cilantro fresco.
Por eso la tragedia ocurrida el pasado 4 de diciembre dejó a Marthita Luengo Arellano sin un gramo de autoestima. Todo inició como un lunes decembrino cualquiera. Martha tuvo un fin de semana ajetreado: reuniones decembrinas, intercambios innecesarios y una fila de abrazos y deseos genéricos a granel que le impidieron hacer el súper durante el fin de semana.
Marthita no imaginaba el bucle de desgracias que estaba por ocurrir.
La falta de alimento en la alacena de Luengo Arellano la orilló a ir a los tacos en lunes, conducta altamente inusual para ella.
Debí haber sospechado que algo andaba mal cuando Luis, el señor que me atiende en los tacos, se sorprendió al verme en lunes”.
Marthita Luengo,
buena persona.
Por lo regular, según comenta Luengo, los lunes son para inicios o al menos para tener la ilusión de que esta semana sí será la semana en la que no comerá fuera, en la que se preparará comida saludable en casa, ahorrará, cambiará toda su identidad y renacerá de entre las cenizas cual Ave Fénix.
Ir a los tacos en lunes me parece una derrota, el anuncio de darme por vencida sin ni siquiera haberlo intentado”.
Marthita Luengo,
buena persona, pero derrotada.
El ambiente enrarecido de esta visita a los tacos acompañó a Marthita durante todo el tiempo que ella estaba saboreando sus dos de bistec, uno de pastor y una bebida gasificada sabor uva. Algo no cuadraba.
Después de pagar, y siendo apenas 4 de diciembre, Marthita solo quería ir a casa. Lo último que esperaba era que al momento de despedirse, el señor Luis le dijera un contundente, festivo y juguetón “¡Feliz Navidad!”.
Marthita casi se desmaya al pensar en las consecuencias de esa frase. Don Luis sentenció a Marthita a casi un mes sin sus taquitos favoritos, porque como ella misma declara: ahora no podrá ir por taquitos antes del 24 de diciembre y quedar como una tonta esperando que le digan “Feliz Navidad” dos o más veces.
Ahora Marthita tendrá que buscar otro taquero de confianza. Tal vez en otra colonia, en otro barrio. En donde nadie sepa de ella ni qué salsa prefiere con los de pastor ni cuál con los de bistec. Un lugar en el que de nuevo tiene que generar ese vínculo mágico en el que el taquero le lea la mente a Marthita y le adivine el pensamiento. Que sepa cuándo ofrecerle tripa bien doradita aunque ella pretenda que le da asco cuando va acompañada.
Al cierre de esta edición Marthita seguía desconsolada y ahora ya estaba buscando una solución más definitiva: cambiarse de país.
