¡Ya basta! Esta mujer sigue deseando Feliz Año… 1998 

Una mujer sonriente sostiene orgullosa un casette VHS Ella tiene muy claro cuándo fue el último año que fue feliz y lo va a recordar siempre.

Para algunos es una semana, para otros 10 días y para otros cuantos dos semanas el tiempo máximo en el que es apropiado desear Feliz Año después de la fiesta del primero de enero. 

No así para Rocío. 

Desde hace 27 años deseo un feliz 1998 porque fue el último año que sí fui feliz. Cada año lo vuelvo a intentar. Déjenme en paz”.

En un tranquilo vecindario de la Ciudad de México, entre rutinas matutinas y cláxons violentos que nos recuerdan que las vacaciones terminaron, hay una vecina que ha capturado la atención de todos. Se trata de Rocío Ortega de la Garza, una mujer que desde hace más de 25 años tiene la peculiar costumbre de desear un «¡Feliz año 1998!» a quien se cruce en su camino.

Lo que al principio era un gesto curioso y hasta entrañable se ha convertido en un fenómeno que intriga a psicólogos, antropólogos y a todos los miembros de la mesa de plástico donde Dolores toma café todas las mañanas.

La historia de una tradición atemporal

El año era 1997. El «Titanic» arrasaba en taquilla, Chayanne ponía a bailar a todas con «Dejaría todo», y el Internet era algo que solo la gente rara usaba. En ese contexto, Rocío era una adolescente común y corriente. Nadie podría haber predicho que algo en el cambio de año de 1998 iba a marcarla para siempre.

«Esa noche hicimos una gran cena familiar,» relata María Fernanda, su hermana. «Hubo pavo, romeritos, uvas y hasta un karaoke improvisado. Fue una noche perfecta, una de esas que quieres que duren para siempre». Y parece que para Rocío, lo hizo.

Desde aquel 1 de enero, Rocío comenzó a usar su ahora famosa frase: «¡Feliz año 1998!». Al principio, su familia lo tomó como una broma pasajera. Sin embargo, conforme los años pasaron y los calendarios se acumularon, la frase permaneció inmutable.

El barrio habla

«Es una cosa de nunca acabar,» comenta Conchita, su vecina de al lado. «El 1 de enero del 2000, mientras todos decíamos que había llegado el nuevo milenio, Chío gritó desde su balcón: ‘¡Feliz año 1998!’ y hasta brindó con sidra sin alcohol».

Conchita también recuerda cómo el saludo de Rocío se ha adaptado con los años. «No importa si es marzo, septiembre o diciembre. Ella siempre encuentra la manera de meterlo en la conversación. Una vez, durante una junta de condóminos, alguien mencionó que había que pagar el mantenimiento, y ella respondió: ‘¡Pues que sea como en 1998, cuando todo estaba mejor! ¡Feliz año 1998!’”.

El impacto cultural

Rocío no solo ha dejado una huella en su vecindario. Su frase icónica se ha convertido en un fenómeno local. Hace poco, un grupo de jóvenes emprendedores lanzó camisetas con la leyenda «¡Feliz año 1998!» en letras fosforescentes, y la colección se agotó en tres días. Además, el café de la esquina ya incluyó en su menú un «Latte 1998», con un toque de canela que, según el dueño, «es tan nostálgico como el saludo de Rocío».

La versión de Rocío

En su casa llena de fotografías familiares, vajillas decoradas y un televisor que todavía tiene antena, Rocío recibió al equipo de Señora Editora con su característica amabilidad. 

«La gente dice que estoy loca, pero yo solo quiero que todos recuerden lo bonito que fue 1998,» declara mientras sirve café de olla.

Para Rocío, 1998 no solo fue un buen año; fue el mejor. «Yo podía bailar toda la noche sin que me dolieran las rodillas. Ese año tenía todo. Desde entonces, cada año nuevo digo lo mismo porque, ¿por qué no desearle a la gente el mejor año de sus vidas?».

El desenlace: una tradición que no se detiene

A medida que el mundo sigue avanzando, con sus redes sociales, inteligencias artificiales y series que nadie tiene tiempo de terminar, Rocío Ortega se mantiene fiel a su frase. «¡Feliz año 1998!» se ha convertido en su mantra, su escudo contra un mundo que, según ella, ya no es tan sencillo ni tan bonito como antes.

¿El futuro? Para Rocío no importa. Lo único que importa es que cada 1 de enero, con su sidra en mano, volverá a asomarse al balcón y gritar a los cuatro vientos: «¡Feliz año 1998!» Y quizá, solo quizá, los demás empezaremos a entender que, en un mundo que corre sin freno, detenerse un momento en un recuerdo feliz no es tan mala idea.