Este extraño camina exactamente al mismo paso que yo, ¿ya debería pensar en el nombre de nuestros hijos?

Se ve la figura de personas caminando en una calle, a contra luz, se ve la sombra proyectándose en el pavimento, como con un sentimiento de nostalgia. La magia nace en los lugares menos esperados.

No es ningún secreto que buscar pareja en 2025, con el planeta en llamas, bajo el yugo del capitalismo, con frío y con sueño constante, se ha vuelto una carrera de obstáculos más encarnizada que El Juego del Calamar.

Aún así, hay personas que logran encontrar rayos de esperanza en los lugares más inesperados. Conozcamos a Antonia. 

Antonia tiene 32 años de edad, claustrofobia y como menciona constantemente en su tiktok, una adicción por el matcha latte. Recientemente, Antonia terminó con una relación de 4 años, que en tiempo Millennial son alrededor de 62 años. Más que tristeza, Antonia se dejó invadir por un espíritu de curiosidad casi sobrenatural que la llevó a descargar todas y cada una de las apps de citas que existen en México. 

¿Los resultados? (no quisiésemos spoilear, pero vean el título de la nota). 

Sí. Los resultados fueron catastróficos. 

Entre perfiles falsos, nula continuidad en mensajes, ghosteos una vez que llevaban la conversación a WhatsApp o a Instagram, nudes no deseadas y dos tíos que le salieron entre los codiciados solteros, Antonia salió huyendo de la ya temida zona de dating de origen virtual. 

Creyó que si llevaba su búsqueda de amor (o al menos un digno rebote para salir de la mala racha) el mundo real sería más fácil (de nuevo, no queremos spoilear, pero vean el título, ¡por favor!)

No fue más fácil. 

Antonia se unió a un grupo de runners, en donde se esguinzó en el segundo trote, por lo cual fue amablemente invitada a que no volviera más. También a un grupo de carpintería, alfarería, tejido y grupo de lectura. 

Adivinaron, no logró conocer a una sola alma. Al parecer todos ya iban en pareja o no estaban buscando o estaban mintiendo. 

LA MAGIA EXISTE

Desesperada por los resultados, Antonia decidió volver a la raíz, buscar en su lugar más instintivo, despertar su bestia salvaje y simplemente caminar por la calle y “ver qué hay”. Así fue como un martes de marzo, en algún crucero de la Ciudad de México, Antonia encontró lo que ni siquiera sabía que estaba buscando: algo en común con un perfecto extraño. Algo que surgió de forma espontánea, sin forzarlo, sin pagar cover ni cuota de recuperación para los moderadores del evento. 

Un extraño estaba caminando exactamente al mismo ritmo que ella. Al principio pensó que sería solo una coincidencia, que de ninguna manera esto representaba un cambio en la terrible racha de citas que había tenido, pero seguían pasando las cuadras, los cruceros, los obstáculos de perritos con zapatos e infancias con correas. Esto no era casualidad, esto era algo más. 

Pasaron 4 horas desde que Antonia notó que este extraño y ella caminaban al mismo paso. Ya era muy tarde para preguntar dónde estaban, ya era tarde incluso para acordarse de a dónde iba en primer lugar. También era muy tarde para imaginar que tal vez, solo tal vez ese extraño ya llevaba toda una vida caminando junto a ella, pero ella simplemente no lo había notado.

Él seguía caminando, ella también. Se compartieron miradas. Él también lo notó. Él también sabe lo difícil que es encontrar a alguien que camine a tu mismo paso, sobre todo en una ciudad donde la gente ya no camina. En una ciudad en la que si notas que alguien camina al mismo paso que tú, simplemente aprietas el paso o lo disminuyes para fingir que no hay una profunda conexión de las almas. Para negar la magia. 

Esta vez la magia crecía. Antonia no solo caminaba al mismo paso que ÉL, Antonia estaba tejiendo un futuro con ÉL, ella tejía posibilidades. 

“Seguro es de San Luis Potosí”, pensaba Antonia, mientras caminaba e imaginaba que ÉL era un arquitecto. Tal vez no tan exitoso, por su postura, pero eso no le quitaba ni poquita dulzura al hecho de haber encontrado a su alma gemela en una actividad que parece tan nimia como caminar. Así que siguieron. 

Siguieron por unas horas más. Atravesaron calles, manzanas, colonias, alcaldías mientras Antonia imaginaba que tendrían 3 hijos. El más grande Arturo, la mediana Julissa y el chico Gastón, que por qué Gastón? Porque cuando pagaron el hospital hubo una equivocación y les habían cobrado la cuenta de un señor que llevaba dos meses internado y que ese día había fallecido. 

Cómo es la vida, ¿no? Unos nacen y otros mueren».

Eso diría la mamá de Antonia después de corregir la cuenta del hospital. Antonia esboza una sonrisa pensando en lo bonito que es que ÉL y su mamá se lleven tan bien. Antonia suspira. Voltea a su lado. ÉL ya no está. 

Él apretó el paso o él disminuyó el paso. Nunca lo sabremos. Tal vez fue entre la discusión de decidir en qué colonia vivir y lo del nombre de Gastón. “¿Fue mucho?, ¿lo hice mal?”. Ese fue el tipo de preguntas que se hizo Antonia mientras iba de regreso a su casa en el Uber que la llevó a su casa y por el que pagó 785 pesos. La cita más cara de la temporada. Volveré a la alfarería, pensó Antonia.